Mi psicólogo dice a menudo que tenemos que decir las cosas muchas veces si es necesario: relatar la historia permite sanar de ella. Sin embargo, esa teoría es una cosa, y una muy distinta es la posibilidad real de ser escuchado, ya sea por dolor, distancia o hastío.
Estar aquí, habitándome, se siente muy a menudo como luchar contra la hidra. No importa cuántas veces cortes una de sus ocho cabezas, siempre crecen de vuelta; y la imposibilidad de encontrar una solución se asemeja bastante a Sísifo; por lo que es inevitable comparar la situación a una tragedia griega. ¡Pobre de mí! Mi madre, o al menos la madre con la que crecí, habría dicho que me callara, que dejase de victimizarme.
El concepto de victimización es una cosa horrenda, y es una de las palabras que vive silenciosamente en mí; es una verdad solapada al día a día, aún si no había pensado en ella hacía mucho tiempo. Cuando uso esa palabra, me refiero a procesos sociales: taza de té de por medio, hablando con un amigo o amiga, decimos cosas como "ese proceso es revictimizante"; pero en este contexto sólo puedo usarla a solas conmigo mismo, porque me atormenta profundamente. Tan sólo escribirla es escuchar la voz de mi madre claramente en mi cabeza. Es volver a sentir, inmediatamente, que tengo 14 años y estoy atrapado en la casa donde vive la familia que hace de mi vida un infierno. Encarcelado, asfixiado, y sobre todo, en un grave y profundo silencio.
Eso también me pasa cuando me hallo repitiendo mis palabras, tanto en un discurso como en una conversación banal. Luego de llamar la atención de alguien por tercera vez, o luego de escuchar un quieto suspiro de resignación —porque volví a decir algo que no se quería escuchar—, lo demás viene como un aluvión: el agua y el barro podrían perfectamente llenar todas y cada una de las habitaciones, arrasando con todo a su paso, estropeando cada pequeña cosa que alguna vez sentí querida.
La sensación que me asalta lo envenena todo. Lo tiñe todo, como una mancha oscura; lo come todo, como un hongo. De pronto, aquello que parece seguro y cálido es una amenaza terrible: "aquí estoy, y de alguna manera logré arruinarlo todo de nuevo".
¡No sirves para nada! Todo lo destruyes. Eres un monstruo que se alimenta del amor de los demás. Eres egoísta, eres molesto, nadie te soporta. Mi mamá me decía todo eso a menudo, sobre todo cuando no quería escucharme.
¿Por qué dije eso? Debí quedarme callado. Y es como una espiral, como caer, caer, y seguir cayendo. Como caerse por una escalera, como seguir y seguir golpeándose con los escalones. Como pisar mal, pero en vez de caer en un hoyo del pavimento, pasar de largo y caerse por un barranco. O un puente. O algo mucho más profundo.
Mi psicólogo dice que a veces proyectamos nuestras vivencias pasadas en situaciones del presente, y que eso es peligroso. Yo lo entiendo, y reflexiono sobre eso a menudo. Pero no por eso logro controlarlo. A menudo siento que las personas olvidan que la vida que he tenido no fue normal en absoluto, y que más bien, todas las posibilidades estaban en mi contra: mis psicólogos y psiquiatras nunca esperaron que llegara a este punto, y se sorprendían —de la forma más aterradora para mí— de que yo no estuviera mínimo en la calle, fácilmente muerto.
Me duele tanto admitir que pasé horas y horas de mi vida observando la soga que colgué de la barra de mi armario. Aprendí a hacer un nudo, lo até repetidamente, y repasé mil veces la forma de ahorcarme a la hora en que nadie pudiera encontrarme hasta que ya estuviera bien muerto. Y me duele más admitir que, una buena parte de las veces, lo que me llevó a considerar seriamente el suicidio fue una de estas razones: o fui ignorado —a sabiendas, con alevosía— o me hicieron callar.
Incluso hoy no sé si podría soportar que alguien vuelva a gritarme que me calle. Aún después de haber convulsionado en los brazos de un imbécil —porque nadie más escuchó mis súplicas tácitas de ayuda—, aún después del lavado de estómago y los antídotos y las agujas y la ambulancia y los enfermeros y estar días botando el carbón de mi estómago; aún después de todo eso, no hay vez en que no piense que preferiría estar muerto antes de volver a sentir que no me escuchan, que no me ven, y que por tanto, no existo.
Porque yo no existía. Nunca sentí que fuera real. Porque no importa cuánto llorara y pataleara, cuántas veces me quedara dormido al teléfono o llorando tras la puerta, la primera vez que alguien me rompió el corazón todavía no perdía los dientes de leche; porque mi hermano mayor me quemó la lengua con una batería a mis cuatro años y aún así, mi padre no volvió por mí. Mamá, ¿cuándo vuelve mi papá? Cuando lo que no podía agregar por falta de vocabulario, por falta de desarrollo, era simplemente: ¿cuándo volverá por mí? ¿Por qué me dejó aquí?
Nunca, jamás podré entender por qué nadie fue capaz de escuchar. Por qué nadie puso atención a mis palabras cada vez más articuladas, o derechamente a mi llanto; por qué las palabras de un niño no valían cuando decía: es que me pegan en mi casa, es que mis papás me gritan, es que mi hermano me dice que nadie me quiere.
Pero ahora rara vez soy capaz de decir. Muchas veces las palabras se atoran en mi garganta. Intento contar una historia que he repasado mil veces en mi cabeza, pero sé que mi voz temblará, temo que de nuevo nadie escuche, y por eso elijo el silencio. No soy capaz de hablar de cuando mi hermano me agarraba de los pies y me arrastraba por el suelo del segundo piso de la casa de la tía Lucy, y todavía intento no pensar en la forma en que me metió un calcetín sucio en la boca, me amarró y me metió en su armario; o cuando me sacó, me colgó de las cortinas como se cuelga un cerdo en la carnicería, y lloré y grité hasta quedarme dormido colgado, solamente para que mi madre no escuchara, y no se preguntara en ningún momento dónde estaba su niño de tres años.
Cada vez que señalaba alguna de estas historias —o muchas más—, cada vez que le preguntaba a mi madre por qué, ella me decía: cállate, siempre te haces la víctima, es por eso que nadie te quiere, es por eso que no te aguantamos. Y me cerraba la puerta en la cara, o le subía el volumen al máximo a la novela de las diez, de modo que yo me aburriera de repetirle: por favor escúchame, ¿por qué no quieres escucharme? De modo que volviera a mi habitación, derrotado, pensando en todas las formas en que la única forma de callarme de forma definitiva era matándome.
Ni mis amigos ni mi pareja tienen la más mínima culpa de todo eso. Realmente, yo no tendría por qué recriminarles algo; y es más, tampoco tendría por qué decírselo a nadie. Verdaderamente, aún creo en las palabras de mi madre, aún creo que hay muy pocas cosas que valgan la pena escuchar de mí. Aún hoy, mis 27 años, me escucho hablar y esta vez soy yo quien se pregunta: ¿por qué estás hablando? ¿Por qué no cierras la boca?
Y aún así, aún sabiendo que ninguno tiene por qué soportar este dolor que llevo encima, esta herida todavía abierta de par en par, aún ahora, cada vez que no me escuchan o cada vez que siento que preferirían no escucharme, me retraigo, me cierro, como una especie de floración inversa, como un girasol que ya no busca el sol, que se cierra sobre sí mismo, que quiere morirse, marchitarse. Siento la necesidad irrefrenable de que me llenen de puertas y que las abran; de vaciarme de todo sentido, de todo dolor, y sobre todo, de todas mis carencias.
Y me siento egoísta. Sucio y egoísta y más narcisista que nadie; porque nadie tiene por qué escucharme, porque a nadie tiene por qué importarle; nadie me debe nada y yo me paro aquí, con este incipiente llanto, y solamente soy alguien que cree tener derecho a algo más que al desprecio. Porque sólo molesto, porque sólo para eso sirvo. Tal y como decía mi madre.
Cuando tenía seis o siete años, mi padre iba a buscarme por el fin de semana, semana por medio, y cuando tocaba la hora de volver, yo lloraba a gritos. Me tiraba al piso si era necesario, me deshacía en llanto. Y como podía, con mis escasas palabras, le decía: "mi mamá dice que cuando tenga 14 años voy a poder vivir contigo". La casa de mi padre era para mí el escape de una cárcel, de un verdadero centro de tortura. Por supuesto, él nunca escuchó. Más bien, se ocupó profusamente de hacerme entender que yo debía llorar menos, ser silencioso, y acostumbrarme a la idea de que su esposa ahora "lo quería para ella", y que formarían una familia donde yo no estaba incluido.
Ya más grande, cuando mi padre no quería escucharme, simplemente cortaba la llamada y no volvía a contestar el teléfono por unos días o unas semanas o incluso un par de meses.
Y ya. No quiero hablar más. No quiero escribir más. Solamente desearía poder callarme de una vez.